Vehículo eléctrico

Las emisiones causadas por el transporte terrestre ascendieron a 3.525 Gg CO₂-eq en el 2019, o lo que es lo mismo, un 27% del total de las emisiones realizadas en Canarias. Por tanto, todo lo que redunde en disminuir estas emisiones, bienvenido sea.

Lo que ocurre es que soluciones que en principio parecen viables, analizándolas detenidamente, no lo son tanto, habida cuenta de que hay cuestiones colaterales que pasamos por alto. El vehículo eléctrico es uno de estos casos.

En principio podríamos pensar que si sustituimos una motorización basada en gasolina o gasoil por otra eléctrica hemos resuelto el problema, sin caer en la cuenta de que la energía que antes sacábamos de la quema del combustible en nuestros vehículos ahora la sacamos en forma de electricidad de la quema de combustible en las centrales eléctricas. Según estimaciones del Instituto Tecnológico de Canarias, en caso de sustituir toda la flota de vehículos actuales por eléctricos supondría, en el caso de Gran Canaria, una generación extra de 2.170 GWh/año. Si tenemos en cuenta que en la actualidad y para esta isla, la demanda se sitúa en los 3.400 GWh/año, supondría un aumento del 64%. Evidentemente este aumento vendría dado por el aumento del consumo de combustibles fósiles en las centrales térmicas.

Por eso decimos que “sí al vehículo eléctrico, pero aún no”, porque si las centrales eléctricas fueran de tecnología renovable, estaríamos ante un planteamiento diferente, pero con matices.

Como siempre, los intereses económicos están detrás de este apresuramiento a introducir el vehículo eléctrico. Por un lado, tenemos a las empresas de las centrales actuales, ávidas de aumentar sus beneficios, dado que la recarga de los vehículos se produciría fundamentalmente en la madrugada, que precisamente es cuando baja la demanda y por tanto hay que parar grupos generadores, con las consiguientes pérdidas. Si consiguen introducir un elemento extra que permita mantener los grupos funcionando, sus beneficios, con las mismas máquinas, se multiplicarán.

Por otro lado, tenemos un inmenso tejido industrial y comercial montado en torno al automóvil. Si conseguimos, cambiando la motorización, mantener todo ese emporio, los pingües beneficios podrán seguir fluyendo.

Por estas y otras cuestiones, estamos convencidos de que, si en estos momentos se produjera un desembarco masivo del vehículo eléctrico, nuestra prioridad sería la de poder garantizar la alimentación de esa flota, dejando en segundo lugar, la transición acelerada hacia las renovables.

Creemos que lo que ahora toca es apostar por disminuir drásticamente el consumo energético, y eso incluye a la movilidad. Por tanto, tendremos que apostar por el transporte público o medios sostenibles como la bicicleta o el patinete. Llevar a cabo los desplazamientos que son verdaderamente necesarios, apostando por cuestiones como el teletrabajo, la teleenseñanza o la telemedicina. Consumir productos de cercanía que no vengan impregnados de una carga excesiva de CO₂ por el transporte, manteniendo el uso de los vehículos particulares pura y exclusivamente para aquellas situaciones que sean estrictamente necesarias.


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