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Dña. Silvia Fernández

No llama poderosamente la atención la opinión de Doña Silvia Fernández en el Canarias 7 del viernes 5 de agosto, en la que se queja amargamente de las ventajas estratégicas que hubiese supuesto para Canarias el poseer sendas regasificadoras en Arinaga y en Granadilla, al igual que la que tiene en la actualidad la de El Musel en Gijón.

Nuestra estimada señora abunda el comentario argumentando:
“La regasificadora de Enagás en Gijón se encargará de abastecer de gas con buques metaneros al norte de Europa en un invierno que se prevé muy complicado en suministro energético para los países del entorno, ayudando a paliar la situación ante el previsible recorte de gas ruso. Se prevé que cada año puedan cargar y descargar más de 100 barcos de GNL en la planta asturiana”.

En cuanto al funcionamiento que va a tener la planta de Gijón, y por la información que nosotros tenemos, es tal y como indica esta señora, pero es la comparativa con el uso que se les hubiese dado a las plantas canarias donde nos chirría un poco el argumento.

Hasta donde nosotros sabemos, la península recibe gas mediante buques metaneros y mediante gaseoductos. A los buques metaneros solo hay que proporcionarles avituallamiento y poco más, para que continúen su ruta hacia los países del norte de Europa. Es en cambio, el gas que llega en gaseoductos el que va a tener que ser tratado para convertirlo en gas natural licuado, que posteriormente será trasvasado a los metaneros, para que lo distribuyan adecuadamente a los países necesitados del continente.

Ante estos hechos, no comprendemos cómo unas regasificadoras, cuya misión fundamental es volver a convertir en gas el gas natural licuado, pueda intervenir en este proceso, dado que las islas no están interconectadas mediante gaseoductos con ningún otro sitio del continente.

Tal y como nosotros lo vemos, la introducción del gas natural en Canarias no contribuye ni contribuirá a la geoestrategia gasística de Europa, pero sí supondrá un parón muy importante para la penetración de renovables y, por ende, para la descarbonización del archipiélago. Si bien el gas natural, cuando se quema, produce un 20% menos de contaminación, si analizamos todo el proceso productivo y de transporte de este combustible, y tenemos en cuenta las grandes cantidades de emisiones de metano que se producen, se puede concluir que el gas natural no aporta nada en la lucha contra el cambio climático, sino todo lo contrario.


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