Definitivamente la lucha contra el cambio climático antropogénico la estamos perdiendo y lo hacemos por la posición negacionistas de facto en la que hemos entrado. Se ha instalado en el parecer colectivo la idea de que el cambio climático provocado por la acción humana, si bien es cierto y real, tampoco es tan dramático ni urgente. El hecho de que la única posibilidad que tenemos, ya no de revertir sus efectos, sino simplemente de paliarlos adecuadamente, mediante la disminución del consumo de combustible fósiles, se ha convertido en un objetivo, pero a más largo plazo.
Evidentemente los poderosos lobbies en torno a la producción de estos combustibles han hecho muy bien sus deberes y han conseguido transmitir la idea errónea, de que la mejor transición hacia las renovables son los propios combustibles fósiles, porque estas aún no están lo suficientemente maduras, son muy costosas, no hay suficientes materiales y además producen un impacto visual inadmisible.
La prueba más evidente de lo que decimos es la COP28 que como última edición de la Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático, debería ser el “santo sanctórum” de la lucha contra los combustibles fósiles y sin embargo se celebra en un país, Emiratos Árabes Unidos, que es unos de los principales productores de petróleo del mundo, está presidida por el Sultán Ahmed Al-Jaber, director general de la compañía petrolera estatal emiratí y según la BBC pretendía llegar a acuerdos secretos de gas y petróleo con 15 países.
Pero esto, aunque tremendamente significativo, no es un hecho aislado ni circunscrito a determinadas zonas del mundo. Aquí mismo, en Canarias, nos encontramos con un proceso abierto para renovar una buena cantidad de grupos de combustibles fósiles de nuestras centrales eléctricas, concretamente alrededor de 1.000 MW, que se pueden convertir en mas de 120 grupos, dependiendo de su tamaño, sin que el movimiento ecologista, en su inmensa mayoría, haya movido un solo dedo. Al parecer se asume la imposibilidad de conseguir sistemas 100% renovables y se da por buena la introducción del gas natural en nuestras centrales térmicas.
Por otro lado, uno de los pilares de la descarbonización es el hidrógeno, pero no cualquier hidrógeno, sino el hidrogeno con el apelativo de “verde” que es aquel que se obtiene de la electrólisis del agua mediante la aplicación de energía eléctrica obtenida de renovables. Este hidrógeno tiene multitud de aplicaciones tales como el almacenamiento de energía o servir de base para la producción de todos los combustibles sintéticos, vitales para descarbonizar aspectos como el transporte marítimo o el aéreo. El problema estriba en que este proceso es altamente deficiente y solo tiene sentido si se utiliza la energía eléctrica procedente de vertidos, es decir, aquella energía que iba a ser desperdiciada por no poder ser absorbida por el sistema. Pero para conseguir esto en las proporciones adecuadas, se tiene que llevar a cabo una penetración renovable bastante importante, tanto en parques eólicos (terrestres y marinos) como en fotovoltaica. Pero he aquí que se vuelve a manifestar ese negacionismo de facto, al preferir que no se instale absolutamente nada, sino no responde a unos cánones de una falsamente denominada “democratización energética”, que además no consuma territorio y que además no tenga ningún impacto visual.
Con todas estas parálisis en la transición energética mundial, lo que se está consiguiendo es que no disminuyamos un ápice la emisión de gases de efecto invernadero, debido a que no se reduce la quema de combustibles fósiles y por tanto el planeta se sigue calentando y el cambio climático sigue inexorablemente su camino hacia nuestra fatídica extinción.


