La idea de que Gran Canaria pueda ser abastecida exclusivamente con fotovoltaica en tejados y baterías no solo es ingenua, sino que carece por completo de sustento técnico y económico. Es un planteamiento que, lejos de contribuir a la transición energética, perpetúa una narrativa errónea que frena el desarrollo real de un sistema 100% renovable y sostenible. La demanda energética de Gran Canaria ronda los 3.600 GWh anuales y pretender cubrirla solo con paneles solares en los tejados es una falacia que ignora las limitaciones físicas, la intermitencia de la generación solar y la brutal necesidad de almacenamiento masivo que este modelo exigiría.
En primer lugar, la cantidad de superficie disponible en los tejados de la isla es insuficiente para albergar la cantidad de paneles solares necesaria. Se requerirían al menos 2.000 MWp de fotovoltaica, lo que implica aproximadamente 10 km² de superficie utilizable en condiciones óptimas, algo que simplemente no existe cuando se considera la orientación, las sombras, las limitaciones estructurales y las restricciones urbanísticas. Afirmar que con los tejados basta es no haber realizado ni un cálculo básico de ingeniería eléctrica. Pero incluso si esta cantidad de paneles pudiera instalarse, el verdadero problema radica en la intermitencia de la generación solar y en la incapacidad de este modelo para ofrecer garantía de suministro en las horas nocturnas o en días con baja radiación.
Para compensar esta intermitencia, los defensores de este modelo plantean un almacenamiento masivo en baterías. Este es otro punto donde la falta de rigor técnico es alarmante. Se necesitarían al menos 50.000 MWh de capacidad de almacenamiento para asegurar el suministro durante la noche y en periodos de baja generación, una cifra absolutamente descomunal que haría que el coste de las baterías superase los 20.000 millones de euros. Además, estas baterías tienen una vida útil limitada de 10-15 años, lo que implica un coste de reposición recurrente que convierte este modelo en una aberración económica. Ignorar que existen soluciones de almacenamiento más eficientes, como el hidrobombeo, y que un mix diversificado con eólica y geotermia reduciría drásticamente la necesidad de baterías demuestra un desconocimiento profundo del funcionamiento de los sistemas eléctricos modernos.
Pero el problema no es solo la falta de viabilidad técnica, sino la peligrosa obstinación en promover un modelo que, en la práctica, solo lograría perpetuar la dependencia de los combustibles fósiles. Si se apostara exclusivamente por este modelo, inevitablemente habría momentos en los que la demanda superaría la generación solar y la capacidad de almacenamiento, obligando a recurrir a plantas de respaldo basadas en gas o diésel. En lugar de caminar hacia una red 100% renovable, estaríamos diseñando un sistema frágil y dependiente de fuentes contaminantes.
No se trata de una cuestión de opinión ni de preferencias ideológicas, sino de hechos y datos técnicos. La transición energética requiere soluciones realistas y viables, no modelos fantasiosos que solo sirven para paralizar el desarrollo de energías renovables a gran escala. Gran Canaria tiene un potencial eólico excepcional que permitiría generar energía limpia y constante incluso por la noche, hidrobombeo para almacenar excedentes con una eficiencia superior al 80% y un potencial geotérmico a explotar que podría proporcionar generación firme y sostenible. Sin embargo, la oposición irracional a estos proyectos bajo el pretexto de que “los tejados son suficientes” no solo es errónea, sino que representa un freno peligroso a la descarbonización real de la isla.
Apostar por la fotovoltaica en tejados es una gran estrategia para complementar el mix renovable, pero pretender que es la única solución es una idea completamente desprovista de rigor. No hay argumentos técnicos ni económicos que justifiquen tal planteamiento y quienes lo defienden están, consciente o inconscientemente, poniendo en riesgo la verdadera transición energética de Gran Canaria. La descarbonización no se logra con dogmas ni con posturas simplistas, sino con un enfoque pragmático basado en datos, tecnología y sentido común.


