¡Qué inspirador resulta siempre escuchar a una gran corporación energética hablar en nombre de la justicia y la libertad! Esta vez, DISA, conocida por su arraigada conexión con Canarias y su supuesta voluntad de liderar la transición energética, nos deleita con un conmovedor discurso sobre los principios fundamentales del mercado. ¿El motivo de su indignación? Un decreto del Gobierno canario que les pide -¡qué horror!- ofertar un mísero 20% de participación a inversores locales en proyectos renovables. ¡Qué opresión!
DISA clama que esta exigencia, diseñada para fomentar la participación ciudadana y aumentar la aceptación social de proyectos renovables, constituye nada menos que un ataque a la libertad de empresa. Porque, claro, ¿qué son los objetivos globales de descarbonización o la crisis climática cuando se trata de los “derechos inalienables” de una empresa a actuar sin obstáculos, ni siquiera mínimos?
La empresa asegura que integrar a terceros ajenos en su accionariado es un atentado contra su autonomía. Por supuesto, no importa que esos terceros sean los propios habitantes de Canarias, quienes podrían beneficiarse directamente de estas iniciativas. Pero, según DISA, ¿por qué deberían los locales tener algo que decir sobre el desarrollo energético en su región? ¡Mejor dejémoslo en manos de expertos corporativos que saben exactamente cómo sacar el máximo beneficio, aunque sea a costa del planeta y de las comunidades!
Y si no les gusta, pues se van. Así, sin titubeos. ¡Adiós a los proyectos renovables! Porque nada grita más “compromiso con la transición energética” que abandonar las renovables a la primera señal de regulación. Eso sí, no olvidemos que DISA ya cumplía de sobra con la “participación local” gracias a su sede en Canarias. ¡Qué conveniente!
Es curioso cómo el gigante energético ve “obligaciones desproporcionadas” en una simple oferta del 20%, pero no parece encontrar problemas en imponer a los canarios décadas de dependencia de combustibles fósiles. Tampoco parecen perturbarles demasiado los datos demoledores sobre el impacto del cambio climático o la necesidad urgente de actuar.
En resumen, el mensaje de DISA es claro: quieren renovables, sí, pero solo si se hacen a su manera, sin importar los intereses del público o el medioambiente. Porque al final del día, parece que lo único verde que realmente les importa es el color de los billetes.


