Desde su puesta en marcha, la Central Hidroeólica de Gorona del Viento ha sido objeto de una extraña paradoja: mientras medios internacionales, universidades y centros tecnológicos la referencian como un ejemplo pionero de transición energética en sistemas aislados, en algunos círculos locales y, por qué no decirlo, en ciertos despachos de técnicos o comentaristas de ocasión, no han cesado las críticas. Pero no las críticas técnicas, que son sanas y necesarias, sino las ideológicas o directamente desinformadas. Críticas nacidas de no entender qué es y qué no es este proyecto. Críticas que, en el fondo, delatan un problema mayor: hablar sin saber cómo funciona un sistema eléctrico insular.
Gorona del Viento no nació para ser perfecta. Nació para ser posible. Un sistema eléctrico como el de El Hierro aislado, de pequeña escala, sin interconexiones se enfrenta a desafíos que muchas personas ni imaginan. Estabilizar la frecuencia, mantener la calidad del suministro, evitar vertidos de renovables por sobreproducción puntual o prevenir apagones ante caídas súbitas de generación, requiere un conocimiento profundo de la dinámica eléctrica en tiempo real.
Por eso, la central de Gorona se diseñó bajo un principio clave: combinar generación eólica con almacenamiento hidráulico (el salto entre depósitos de agua) para abastecer a la isla el mayor número de horas posible sin recurrir al motor diésel. Pero como cualquier ingeniero sensato habría advertido, el sistema no podía garantizar un 100% renovable 365 días al año, al menos no desde el primer día. Hablamos de una isla con consumos variables, eventos meteorológicos imprevisibles y una necesidad constante de energía firme, algo que ni el viento ni el agua, por sí solos, pueden cubrir con estabilidad total.
El error fue político y comunicacional. Se vendió a la opinión pública, incluso con bombos y platillos institucionales, que El Hierro sería la primera isla 100% renovable del mundo. Y ese eslogan, aunque inspirador, se convirtió con el tiempo en un boomerang mediático. Porque cuando llegaron los datos reales, años con un 50%, un 60%, algún pico estacional cercano al 100%, muchos lo interpretaron como un fracaso, cuando en realidad era un éxito colosal en comparación con cualquier otro sistema insular del planeta.
Mientras tanto, los detractores se acomodaron en una narrativa simplista: “¿No era que iba a ser todo renovable? ¿Y por qué siguen usando diésel?”. La respuesta es sencilla para quienes conocen cómo funciona un sistema eléctrico: porque se trata de un proceso, no de un interruptor mágico. La transición energética se construye desde la fiabilidad, no desde el marketing.
Ahora, el Cabildo de El Hierro y Gorona del Viento, con participación de Endesa, el Gobierno de Canarias y el Instituto Tecnológico de Canarias, han dado un nuevo paso en esa dirección: la instalación de una planta solar fotovoltaica de 5 MW con batería de almacenamiento, que se ampliará en fases posteriores. Se ubica en terrenos del municipio de La Frontera y tiene el potencial de elevar la cobertura renovable media anual hasta el 80%, reduciendo aún más el uso de combustibles fósiles.
Además, el proyecto no es una simple planta solar: será la primera planta agrovoltaica de Canarias, compatibilizando la generación de electricidad con el uso agrícola y ganadero del suelo. Es innovación técnica y socioeconómica, en la misma línea de lo que Gorona siempre ha representado.
Y sin embargo, ahí están otra vez los profetas del desastre, criticando el proyecto como si fuera una traición al ideal inicial o, peor aún, como si fuera innecesario. Dicen que ya «lo intentaron y fracasaron», que es «otro capricho institucional» o que «solo sirve para maquillar datos». Lo dicen sin haberse leído un solo informe técnico, sin entender lo que significa el desfase entre generación y demanda, sin saber cómo funciona una batería, una inercia rotatoria o un sistema de regulación primaria.
La mayoría de esas críticas, si se rasca un poco, no tienen sustancia técnica ni visión estratégica. Son comentarios que se mueven entre la ignorancia y el resentimiento. Porque hay quien no soporta que El Hierro haya tenido el coraje de intentarlo, de equivocarse si hace falta, pero de avanzar. Mientras otras islas siguen atrapadas en debates eternos, aquí se construye, se conecta, se prueba, se mide y se ajusta. Aquí se hace.
El sistema eléctrico de El Hierro es hoy más resiliente, más limpio y más independiente que el de la mayoría de territorios insulares del mundo. El nuevo proyecto fotovoltaico con baterías es una mejora concreta, medible, replicable. Es lo que toca hacer cuando se quiere descarbonizar un sistema: ampliar fuentes, gestionar almacenamiento, diversificar producción.
Gorona del Viento no fue nunca una meta final, sino un hito intermedio. Y esta nueva planta solar no es un parche, sino una pieza más del puzle de la transición energética. Quienes critican sin argumentos solo revelan su desconocimiento. Y en ocasiones, su pereza mental. Porque entender cómo funciona un sistema eléctrico requiere algo más que lanzar frases populistas desde una tertulia radiofónica o desde la comodidad de un teclado.
El futuro energético de El Hierro se construye con rigor, compromiso y audacia técnica. Y en ese camino, cada megavatio renovable cuenta. No hay que pedirle a Gorona del Viento que sea perfecta. Solo hay que exigir que siga creciendo. Como lo está haciendo.


